
El amor fue para él una trágica emoción que lo acerco a la vida, aplacando la muerte con los mismos sutiles engaños de las novias nuevas y los reconfortantes helados de frutilla, chocolate y dulce de leche.
Se hacia llamar Pucho, o por lo menos así le decían sus compañeros, que según aquellos tipos de blanco deberían ser llamados pacientes, pero muy en el fondo saben que no lo son. Siempre sospechó que estaba loco, pero también sabia que todos somos tristes artefactos descompuestos intentando afinar con el ambiente, los desaforados gritos de nuestra imperfección.
Él lo sabia y ellos no, esa era su ventaja, y aunque todavía algunos lo llamen en voz baja loco el no se preocupa demasiado al respecto y despliega una y otra vez su ensayada respuesta:
- Al fin y al cabo que saben de locura los imbéciles, que saben de poesía los perros o los orangutanes, que carajo pueden ellos llegar a saber...-
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